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La historia del leñador para mí representa muy bien como funciona la sociedad en muchos sentidos, es el lastre con el que llevamos cargando durante generaciones y del que resulta difícil deshacernos. Siempre me han llamado la atención ciertas costumbres o ciertos hábitos en el ser humano, somos seres de costumbres y  el peligro de las costumbres  es que nos acaben saboteando. 

La intensidad por la que trabajamos para las cosas a menudo no es suficiente y los resultados son son los que esperamos, necesitamos aprender a esperar y tener paciencia. No siempre resulta sencillo dado que aún tenemos guardado en nuestra memoria las costumbres de nuestros abuelos, una generación que debía sacrificar su vida para dar de comer a los suyos.

Nuestros padres se acuerdan  de nuestros abuelos y piensan que debemos trabajar intensamente como hicieron ellos, sin embargo, olvidan que vivimos tiempos de transformación. Para adaptarnos no sirve solo trabajar intensamente, es importante cambiar de hábitos. Para adaptarse a los tiempos modernos,  hay que privarse muchos estímulos que nos desorientan y vivir en reposo algún tiempo, ese reposo puede resultar doloroso, puede que tengamos que ser conscientes de muchas limitaciones, puede que quizá perdamos personas, quizá nos acabemos aislando. Esto forma parte del proceso de transformación  y adaptación a un un entorno cambiante.

Para no pasar por esto continuamente es importante cambiar estos hábitos desde la base, desde que somos pequeños, asumir responsabilidades que desarrollen en nosotros la confianza básica necesaria, ser responsables de otros, aprender a comunicarnos, resolver conflictos, desarrollar la iniciativa, tomar decisiones. El propio sistema educativo necesita encargarse de fomentar estas áreas y a menudo es el causante que frena este desarrollo.

Me gustaría exponer una historia que es muy representativa del comportamiento humano en muchas situaciones.

Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en un aserradero. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún; por lo tanto, el leñador se decidió practicar toda su experiencia.
El primer día al presentarse al capataz, éste le dio un hacha y le designó una zona de trabajo. El hombre entusiasmado salió al bosque y en un solo día cortó dieciocho árboles.

-Te felicito, le dijo el capataz; sigue así.Animado por las palabras del capataz, decidió mejorar su propia marca, de tal modo que esa noche se fue a descansar bien temprano.
Por la mañana se levantó antes que nadie y se fue al bosque. A pesar de todo el empeño, no consiguió cortar más que quince árboles.
Triste por el poco rendimiento, pensó que tal vez debería descansar más tiempo así que esa noche decidió acostarse con la puesta del sol. Al amanecer se levantó decidido a superar su marca de 18 árboles. Sin embargo, ese día sólo corto diez.
Al día siguiente fueron siete, luego cinco, hasta que al fin de esa primera semana de trabajo sólo cortó dos. No podía entender que le sucedía ya que físicamente se encontraba perfectamente, como el primer día.
Cansado y por respeto a quienes le habían ofrecido el trabajo, decidió presentar su renuncia, por lo que se dirigió al capataz al que le dijo:
-Señor, no sé que me pasa, ni tampoco entiendo por qué he dejado de rendir en mi trabajo.
El capataz, un hombre muy sabio, le preguntó:
-¿Cuándo afilaste tu hacha la última vez?
-¿Afilar? Jamás lo he hecho, no tenía tiempo de afilar mi hacha, no podía perder tiempo en eso, estaba muy ocupado cortando árboles.
Siguiendo los consejos del capataz, el leñador, entre árbol y árbol, empezó a tomarse su tiempo para afilar el hacha; de esa manera pudo duplicar la tala de árboles.

Moraleja, no olvides parar un momento y pensar de qué recursos dispones y cómo cuidar de ellos para aguantar. Date tiempo, ten paciencia, piensa en como ahorrar recursos. Llegar a la luna no sirve, si la nave no tiene combustible para llegar.
#cuidate

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